La carne no es carne, la carne es un cadáver. Para mí es una obviedad, pero para la mayoría es muy fácil vivir con eso. Lo juzgo, sí, pero también lo entiendo: mi papá hacía unos asados que me encantaban, pedía el pescado con cabeza y cola para chuparme los ojos y las aletas, en los restaurantes pedía punta de anca por el sabroso sabor de la grasa y las comidas rápidas que me comía siempre tenían tocineta. Aún con eso, a mis 13 años decidí dejar de comer esas delicias, porque al fin y al cabo eran animales.
Al principio era solo una aversión a comer animales muertos, pero con el tiempo se fue transformando en un proceso reflexivo que se extendió a todos los ámbitos de mi vida, convirtiéndose en veganismo, que cabe aclarar no solo critica y rechaza el consumo de carne, si no toda forma de explotación animal. Lo que, aunque logró que mis valores coincidieran más con mis acciones, trajo muchas preguntas y frustraciones.
¿Por qué nos vemos envueltos en contradicciones tan crueles? Decimos amar a quienes nos comemos, a quienes explotamos, compramos y usamos. Tiene sentido cuando estamos lejos de ellos, pero hay gente que los cuida, los mima, comparte su espacio y su tiempo con ellos, y con las mismas manos que los alimentó, los degolla. Los degolla para comerlos o venderlos. Y es normal.
Esta pregunta se hizo aún más presente cuando leí Cadáver Exquisito, novela en la que Agustina Bazterrica, en medio de esta distopía caníbal, exploró algo que resonó con mi sentir. La historia se cuenta a través de Marcos Tejo, un trabajador de un criadero de «cabezas». Por cosas de la vida, una «hembra» llega a su casa, y se decide a cuidarla, hasta el punto de darle un nombre: Jazmín. Aparentemente, se vinculan, sigue habiendo cierta crueldad de por medio, pero Marcos inspira confianza, seguramente la quiere, pensé. La cuestión es que la forma escalofriante y terrible en la que se termina desarrollando esta relación no es más que la permanencia de la idea de explotación, relación de poder, disonancia y violencia. Marcos Tejo la viola, la embaraza, le roba su hijo para criarlo con su esposa y la asesina.
A cualquiera con sentido común esta historia le parecería horrenda, contradictoria, sanguinaria y cruel, y claro, lo es. El problema es que los hechos que se relatan dentro de Cadáver Exquisito son exactamente la manera en la que se perciben a los animales en nuestra cultura, y esto es lo que debería horrorizarnos. Sin quererlo, pensamos y somos como Marcos Tejo: engranajes de un sistema que cosifica, saca provecho y disfrute de seres sintientes.
Las personas que crecen criando a los animales para sustentarse, o quienes activamente deciden tenerlos para comer carne más fresca, huevos diarios y leche casera; los ganaderos, y todas estas personas que están mucho más cerca del proceso, honestamente me espantan. Ellos reconocen la belleza de los animales, hacen cosas que se parecen mucho al afecto, pero nunca dejan de verlos como objetos, como un medio para llegar a un fin. Me pregunto si ellos en algún momento se cuestionan qué tanta coherencia hay en su forma de ver el mundo, Pero creo que no, el arraigo cultural y la falta de oportunidades tiene un papel importantísimo, si yo, que estoy lejos y nunca ví ni una marranada me demoré un poco para alejarme de esas formas, ahora ellos.
Pienso que esto es una demostración de que los seres humanos somos egoístas, disonantes, injustos y antropocentristas. Muchos se mantienen preocupados por los derechos de otras personas, y piensan que con eso están abogando por la libertad y la justicia. Muchos otros se llenan la boca diciendo que aman a los animales, se indignan cuando le pegan a un perro o a un gato, se preocupan por ellos y piden que la ley los proteja, y claro, está perfecto ¿Pero por qué solo unos cuantos nos paramos a pensar en ellos en realidad, en todos? ¿por qué solo unos cuantos pensamos todos ellos sin necesidad de amarlos ni tener un vínculo con ellos, si no que por el mero hecho de ser indefensos, inocentes y más importante que cualquier otra cosa por su capacidad de sentir? Ellos al igual que nosotros tienen sus propios intereses, sus familias, son capaces de disfrutar del alimento, del juego, de conocer.
Pero también es por eso que encuentro tan importante la novela de Bazterrica, creo que es más fácil empatizar cuando las víctimas son humanos, y al trasladar la realidad que vivimos a esta distopía, para una persona que está completamente cegada es más fácil cuestionarse e incomodarse. Aún así, cuesta confiar en que esa incomodidad se traduzca en acción.
Cadáver Exquisito termina siendo un reflejo, una invitación a juzgarse a sí mismo, y replantearse qué tanto nos entregamos al placer a costa de lo que sea. A pesar de ser ficción funciona como una reafirmación de las disonancias que nos componen como personas. Mirarnos de cerca y asumir nuestra crueldad es un ejercicio incómodo, pero es fundamental para ser éticos y coherentes, y sin quererlo este relato invita al ejercicio de plantearse poner el respeto por los animales por encima de las comodidades, los sabores, la cultura, la comunidad y cualquier placer. ¿O acaso preferiríamos comernos entre nosotros antes que renunciar a la carne? Yo no lo veo tan descabellado.