Barrio triste, película de Stillz, un tipo que de colombiano tiene una canción de Shakira en la cabeza. Tenía expectativas ambiguas con esta película, Stillz, por medio de sus videoclips, de alguna u otra forma demostró un manejo muy interesante entre lo que concebimos como experimental y el esquema clásico de un video musical. Así lo demostró en videos de canciones como «Siento que merezco más» de Latin Mafia, y una gran parte de los videos de Bad Bunny. El primero agarrando un montón de influencias de internet para mezclarlas y crear un producto más sensorial que narrativo que entiende perfectamente bien la atmósfera asfixiante de la canción. Contrario a la mayoría de vídeos de género urbano que ha dirigido, que son más narrativos que conceptuales.
Por lo mismo, cuando ví el tráiler, muy bien logrado, me emocioné ante la idea de un largometraje de este joven director, pues parecía que estas dos facetas iban a convivir en la obra, mediante el tráiler hace muy buen uso de eso, utiliza muy bien los pocos diálogos de la película para crear expectativa y los mezcla con el ambiente que la fotografía y paisaje sonoro quieren transmitir: opresión, un sentimiento de que algo está fuera de lugar.
Pero inmediatamente arqueé la ceja cuando ví quién era el productor: Harmony Korine, escritor de Kids.
Principalmente eso fue lo que me conflictuó, un rodaje como el de Kids, con actores naturales sobreexplotados, un director que se adentra en una cultura que desconoce, caótica de por sí, y después, luego de filmar, se desentiende, grita pornomiseria a millas. Entendamos pornomiseria como un término acuñado por Carlos Mayolo y Luis Ospina, dos directores caleños que a mediados de los setentas hacen un cortometraje llamado Agarrando pueblo.
Hay tres categorías de cine: El primero, el cine convencional, Hollywood, por ejemplo. Busca llegar a una audiencia masiva, tiene un gran presupuesto y principalmente, más que cualquier otra cosa, es un producto.
El segundo, es el cine de autor, tiene un enfoque más artístico, es más experimental, más crítico, aquí el director es la figura, es el dueño de su obra.
El tercero, nace de la idea de ver al cine como una herramienta de transformación social, busca evidenciar las situaciones que se vivían a mitad del siglo pasado, aunque pensamos mucho en Latinoamérica cuando hablamos del tercer cine, por ejemplo Chircales de Marta Rodríguez, que cuenta la historia de los trabajadores de los hacendados bogotanos que hacían ladrillos, el cine como herramienta política y social se usó mucho el siglo pasado, las películas de la posguerra dan cuenta de ello, podríamos ver al neorrealismo italiano como parte de un tercer cine, por ejemplo.
El problema es que los cineastas empiezan a ver que esto da plata, que da reconocimiento en el exterior, que vende en los festivales, y empiezan buscar la miseria y el sufrimiento y a filmarla para transformar la denuncia en morbo.
Y básicamente, es lo que pasa con Barrio triste.
Es una broma de mal gusto que esta idea haya sido aprobada por algún estudio. Es como si alguien le hubiera pasado una cámara vieja, contrataron seis pelados, y pusieron a rodar la cinta sin plan de rodaje alguno, y hágale, en post le ponemos un soundtrack retro futurista y eso queda elegante para que par gringos queden iluminados por la magnificencia del cine experimental de Stillz.
La película transcurre a finales de los ochenta en Barrio triste, lugar donde hay avistamientos de una luz en el cielo, que los habitantes del sector especulan que es un evento paranormal. Un periodista está allí haciendo una nota y en determinado momento, un grupo de jóvenes marginales le roban la cámara.
Idea interesantísima, ver a jóvenes criminales documentando lo que hacen, sus experiencias en el barrio, sus vidas desde esta mirada tan íntima que invita al espectador a dejar de ver al marginado como mono de feria, y empezarlo a ver como narrador. Lástima que se quede todo en la mera idea.
Y es que esta película vaga constantemente entre símbolos que son poco entendibles, por ejemplo, un caballo que aparece de cuando en cuando como una clase de screamer, que por más que he pensado al respecto, no entiendo su valor como elemento de horror o shock o simplemente que carajos significa para la historia.
Es un gran problema que tengo con la película en general, que es cero explicativa.
No necesito que una película me de todo en las manos, me gusta la tarea de desmenuzar lo que me quieren contar, pero en el caso de barrio triste, no hace ni el mínimo esfuerzo para que entiendas nada.
Posteriormente, comentándola con un profesor, me contaba que la historia de la película está basada en una de las primeras pandillas de sicarios de Pablo Escobar, jóvenes de los barrios que viendo que no había mejores oportunidades, se dedicaban a la vida criminal, que por eso la película tenía valor, porque contaba una realidad no explorada de Medellín. El problema es que esta exploración no existe, la película no se vale por sí sola como para que te enteres de ello.
Los personajes no tienen ningún tipo de profundidad, es simplemente una cámara deambulando por un barrio pobre.
El found footage deja de ser un móvil para contar una historia de forma más interesante y se convierte en un recurso meramente estético que termina por marear. Teniendo esto en cuenta, la película tiene una atmósfera opresora, desesperante, la música genera un ambiente lúgubre, una textura violenta. Todo esto es gracias al impecable trabajo que hace Arca musicalizando el largometraje.
De hecho, en la segunda escena, el robo a la joyería, la música es lo que genera que el espectador genuinamente esté al borde del asiento, de resto, es una cámara haciendo uno de tantos trayectos larguísimos que hace durante sus tortuosos e innecesarios 84 minutos, que se sienten densos, abrumadores, aburridores. Que claro, es una decisión narrativa, está hecha también para que te canses, que te marees, quizás una forma de transmitir la cotidianidad de uno de estos barrios en los ochentas. Aunque simplemente se convierte en algo aburrido, es una tarea agotadora terminar de verla.
Pero como tiene grano, aspecto deslavado y está grabado con una cámara vieja, se puede vender como cine de arte.
Si quitamos el ejercicio de verla para analizarla, la cinta es una pérdida de tiempo. Es ver a un tipo que agarró las condiciones precarias de una población históricamente desfavorecida y abandonada por el estado y se cagó aún más en ellas creyendo que hacía indie folk, o que contaba algo valioso por poner a una señora cortando guadua mientras decía que su hijo hace tiempo que no estaba en la casa.
O los insertos de estos pelados siendo entrevistados y hablando de sus condiciones de vida, de hijos que no los quieren, de que la calle es muy dura, del crimen.
No encontré mucha información sobre estas entrevistas que atraviesan la película, no sé a ciencia cierta si son guionadas o improvisadas, pero ningún caso es mejor que él otro, ver a estos jóvenes hablando de sus ideaciones suicidas simplemente es un recurso lastimero y fácil que no aporta nada.
Que puede saber un tipo que probablemente solo ha pisado Colombia para visitar sus playas, hospedado en la suite de un hotel intercontinental, de los problemas, la calle, la pobreza.
Al final la película se convierte en un mambo extrañísimo de ocultismo y, como dije anteriormente, símbolos incongruentes. Hay, sin duda, un par de escenas muy bien logradas, que son llegando casi al final, donde esta luz se lleva a estos muchachos, concluyendo así con el misterio de los desaparecidos que nos plantean desde el principio, mostrando que eran carne de sacrificio de esta pandilla para una especie de demonio representado como una cabra similar a Baphomet.
Se termina sintiendo como Stillz tirándose un pajazo mientras quiere hacer su propia versión de los Backrooms, Latam edition.
El punto de esta nota no es únicamente cagarme en Stillz y en cada cocainómano pretencioso que puso un centavo para hacer de esta broma algo tangible, es también reflexionar sobre algo que ya nos advirtieron Mayolo y Ospina hace décadas, que nuestro país y sus condiciones desfavorables son sumamente atractivas para los extranjeros a la hora de hacer cine, que es algo que se compra y que, lastimosamente, se vende.
Porque hay algo bastante bizarro cuando un par de gringos se juntan a ver gente pobre del otro lado del charco. De algún modo les nutre el espíritu, convierten la pobreza en su capital cultural, convierten la miseria en objeto de consumo, mientras que la realidad de las personas por quienes sienten esta compasión desde esa mirada de superioridad, queda reducida a una mera imagen impactante.
Claro, esto no es nada nuevo, ni nada que podamos desinstalar del panorama mental de esta gente. Pero lo que de verdad se me hace lamentable de todo este asunto, es que la propia industria del cine colombiano se ha visto permeada de lo que termina siendo Barrio triste, que más que una terrible película y pornomiseria gourmet, es cine anti consumidor. Barrio triste, sin ser una película colombiana, parece tener todos los males del (mal) cine colombiano. Cine meramente contemplativo, en el que no hay nada que contemplar. Sin ser colombiana, es una película que solo se podría hacer aquí, tierra donde no queremos que nuestra gente se reúna a ver nuestro cine, sino que vendemos nuestra miseria para que algún europeo nos de la aprobación y financiación que necesitamos, no importan los métodos grotescos que se tengan que emplear para llegarle al corazón.